— … ¿? — Definitivamente se esperaba cualquier clase de reacción excepto esa, ¿Por qué de la nada Ainmire lucía tan avergonzado?
— Oye, mírame. — Espetó de la nada justo después de apoyar su mejilla en la cabeza ajena, al mismo tiempo que su dedo índice picaba con insistencia la mejilla del pelinegro. Feril tampoco entendía del todo por qué aquel gestito le parecía tan tierno, mas lo único que necesitaba saber por ahora es que quería verle hacer eso otra vez.
... Demonios. Que se acercara a él de la nada y le ordenara algo como si lo que había dicho antes no hubiese hecho ningún efecto en él solamente lo hacía sufrir más, aquel calor que sentía no hacía más que intensificarse, y lo peor de todo era que no sabía el por qué.
Quizá a cualquiera en su situación le pasaría… tenía que ser eso. Después de todo, que alguien como Feril se comportara de esta forma podría descolocar a cualquiera, pero bueno, tenía que enfrentar esto de alguna forma, y sacándose la mano que ocultaba su rostro, miró al bárbaro con una compostura sumamente fingida que seguramente acababa de inventar por mera emergencia.
– … ¿Por qué… haces eso? – no entendía nada. Quizá ni siquiera sabía que podía llegar a creer ser adorable a los ojos ajenos.
— … Adorable. — Ah, Ainmire estaba haciendo eso otra vez. No entendía bien el por qué, pero cada vez que el dracónido dejaba ver la punta de su lengua inconscientemente y permanecía así por un buen rato, Feril no evitaba quedársele viendo durante todo lo que pudiese sin que el contrario le notara.
… ¿Acaso había escuchado bien? ¿Aquel bárbaro de mirada perdida y pocas palabras lo había elogiado? Y no sólo eso… sino que le había dicho que era adorable.
De todas las cosas que podía ser, adorable estaría al último de una lista infinita. Ainmire lo sabía muy bien. Pero lo más extraño, es que sintió un pequeño calorsito recorrer su cuerpo, lo que hizo que se tapara la boca con una de sus manos y desviara la mirada. Esto no era bueno… ni siquiera sabía lo que era esto.
Otra pequeña risa se dejó es escuchar de su parte. El sujeto aquél tenía una apariencia tan de pocos amigos que no se podía tomar en serio cuando siseaba de esa manera.
Él también lo hacía, obviamente, pero en su nuevo conocido le resultaba gracioso y difícil de dejar pasar.
— Hahá, ¿puedo llamarte Ainnya? — Preguntó por cortesía, que igual lo haría aunque no lo dejara.
– ¿Ainnya? –un apodo bastante… peculiar, si podía decirlo. Era la primera vez que lo llamaban así, y no esperaba que algo que sonaba tan adorable fuese su primer apodo. Pero no iba a quejarse tampoco. Esto significaba que estaba siendo más… ¿sociable? Podría decirse que sí, después de todo la conversación que ambos entablaban parecía amistosa, y además, eran similares (en cuanto a los rasgos de reptil que ambos poseían).
– Puess… claro, puedess llamarme como quierass. – le contestó sonriente, mostrando a la vez sus enormes colmillos que normalmente usaba para desgarrar la tierna carne de sus presas, pero que ahora los usaba para hacer algo tan mundano como sonreírle a aquel no-tan-desconocido. – Dime, ¿puedo yo llamarte ‘Zu’?
El sentir una presencia parecida a la suya no pudo evitar tensarse. Sí, era una deidad y todo eso, pero estaba tan alejado del mundo y los nuevos tiempos que no sabía si encontrarse con un igual terminaría bien.
Agradable fue la sorpresa cuando supo de quién se trataba, no lo conocía, pero era bueno saber que no iban a retarlo si estaba invadiendo un lugar ocupado.
— Por un momento me preocupé, haha… — Rió con alivio. — Soy Abzu, ¿y tú?
… Vaya, si que era un tipo curioso aquel. Parecía alguien de su especie, pero de alguna forma sentía que era alguien superior. Debía tener cuidado y escoger bien sus palabras, ¿quién sabe si al final resultaba ser peligroso? Además, Ainmire no tenía la mejor de las suertes ni mucho menos la stamina como para pelear. Era un dracónido, sí, pero al mismo tiempo era un debilucho que no sabía hacer nada sin su magia.
– No tienes de qué preocuparte. – dijo, siseando nuevamente. – Un gusto, Abzu, soy Ainmire Nyarrhicnid.
— Ya era hora de atrapar algo más que no fuese un montón de goblins molestos. — Contestó en cierto tono agotado, pensando en que si por fin le seguía la corriente en alguna conversación, tendría el ratito de paz que se merecía después del desastre que ahora ellos debían enmendar. Sentándose sobre un viejo tronco, le hizo una seña para que tomara asiento a su lado y, luego de que Ainmire le dió su explicación, le entregó el conejo muerto para así darle su misión.
— En ese caso ya tendrás experiencia despellejando animales, ¿No? — Había vivido tanto tiempo solo que no tenía idea alguna de las habilidades de los de la clase ajena, mucho menos las de aquel sujeto en cuestión —. Haré la fogata mientras tanto.
La respuesta a su explicación lo dejó algo confundido, ¿acaso no se impresionaba con nada? Todos los humanos que había conocido se habían sorprendido o asustado al ver sus enormes colmillos, por lo que la reacción ajena lo descolocó un poco. Este tipo si que tenía un carácter difícil.
Soltando un suspiro pesado, Ainmire se sentó a un lado del contrario con aquella presa recién cazada por él.
– Pues, sí… – pero ese no era el punto de toda su habladuría. – Eso sí, no me culpes por lo que tendrás que ver a continuación, no es algo muy lindo que digamos. – aunque si se trataba del bárbaro, sabía que no lo iba a molestar ni un poquito. Con esto en mente, el dracónido hincó sus colmillos en la parte trasera del conejo, justo en sus muslos para así cortar la piel, y con un rápido tirón de esta ya separada de la carne, despellejó a la presa en cuestión de segundos hasta llegar a su cabeza, la cual removió con otro mordisco y tirón del cuello, acción que dejó gran parte de su ropa (y rostro, claro) cubierta de sangre. – ¿Quieres que lo destripe también? – lo interrogó, como si la acción anterior hubiese sido algo de lo más normal (y lo era, para él).
– ¿Qué tenemos aquí? – había sido atraído por el peculiar olorsillo de alguien cerca de él, y al localizarlo, se sentó a su lado y lo miró fijamente. – ¿Quién eres? Tu olor me resulta familiar, aunque no sé si nos hemos visto antes. – siseó, no todos los días se podía hallar a alguien de su especie o parecido a él.
— Como digas. — Fue lo único que replicó a las palabras ajenas, y es que por mucho que aquella habilidad les fuese útil más adelante, aún contaban con algo de luz solar; y Feril aprovecharía aquello lo más que pudiese antes de quedarse a oscuras incapaz de hacer algo. Por ello, tomó su hacha y se acercó con lentitud a un grupito de arbustos que se agitaban con rapidez, asestando un golpe antes de sacar de allí el cadáver de un conejo que seguramente les serviría como cena.
— Por cierto, ¿Qué cosas comen los de tu especie?
– Ah, vaya. – observando las acciones ajenas con suma atención, el dracónido no pudo evitar soltar una pequeña risita en cuanto vio que la faena contraria era puesta a fin. – Tuviste suerte esta vez, ¿eh? Normalmente nos metemos en problemas en vez de conseguir la comida. – hablaba en plural por el simple hecho de que, bueno, estaba allí con él siempre que iban de cacería.
– ¿Eh? ¿Los de mi especie? – no quería malinterpretar la interrogante ajena, pero se le escapó un bufido en señal de molestia; la cual era mínima, pero estaba allí, ¿acaso este tipo nunca había salido de su zona de confort? – Pues, comemos lo que sea. Aunque nos inclinamos más por la carne, ya sabes, porque poseemos estos bebés aquí. – y abriendo un poco su boca, apuntó con uno de sus manos los enormes colmillos que poseía en su cavidad. Eran algo útiles para destrozar cosas también.
Por una parte, ya no tenían nada más que explorar en aquel sitio; permanecer allí sería una pérdida de tiempo. Mas la puesta de sol se acercaba, y no tenían mucho tiempo como para regresar sin meterse en problemas.
— Deberíamos acampar aquí, no falta mucho para que oscurezca. — Espetó de la nada y con cierta molestia, el hambre le ponía de mal humor.
Cielos, por mucho que intentase sacarle alguna otra emoción que no fuese… la que fuese que tuviese en su rostro el contrario ahora mismo, no podía lograrlo. Debía dejar de esperar respuestas menos aburridas que las usuales, terminaría decepcionado nuevamente.
– Está bien, si eso deseas. – le comentó mientras de su bolso empezaba a sacar las cosas necesarias para acampar. – Pero tampoco olvides que tengo visión nocturna, no es como si para mi fuese algo peligroso la oscuridad. – claro, hablaba por él.