[ groom ] your muse adjusting mine’s appearance , such as straightening a tie , fixing their hair , or buttoning their shirt for them , etc .
Lo único que Bruno podía sentir, eran las suaves púas del cepillo que pasaba delicadamente por su cabello, desenrredándolo y peinándolo. Era una sensación muy agradable, y sentía que su cuerpo podría derretirse ahí mismo debido a las atenciones que su cabellera recibía; sin mencionar claro, la persona detrás de estas mismas.
– Ah… me gusta cuando haces esto. – suspiró mientras se relajaba sobre el escritorio de Valeri, despreocupado por el mundo exterior. Lo único que le importaba era este momento.
Se le hizo algo curioso el comentario ajeno con respecto a su nombre, puesto que inclusive luego de su presentación aquello no venía demasiado al caso. Mas no era como si le molestase, simplemente lograba que su intriga por aquel muchacho creciera más y más al punto que se veía capaz de pasar una noche entera preguntándole toda clase de cosas. Sonriéndole con hospitalidad, le hizo una seña para que le siguiera a una puerta contigua al gran altar al centro de la iglesia, la cual les guiaba a un pasillo lleno de ventanas que les guiaría al cuarto destinado para que Bruno se hospedara.
— No te preocupes por la paga. Haz como si te estuvieras alojando en la casa de un viejo amigo, no habrá problema alguno — Sería injusto pedir algo por el uso de aquel cuarto a alguien que venía a hacer su trabajo, y con mayor razón tratándose de la casa de Dios, la cual debía estar abierta y disponible para cualquiera que necesitara amparo tanto físico como espiritual —. De hecho, con un poco de charla me doy por pagado. Estoy seguro que has visto de todo en los lugares que has visitado, ¿O me equivoco?
Que curioso.
Normalmente, cuando decía no tener como pagar alojamiento en los pueblos que había visitado, dormía en el establo o simplemente llegaba a colarse por la ventana de alguna casa desocupada, pero nunca lo habían tratado así. Al parecer, el hombre de fe frente a él rebosaba de generosidad por el prójimo. Eso le sumaba algunos puntos a su favor.
– Como digas entonces, padre. – si hubiese recibido una educación adecuada, Bruno entonces habría agradecido el favor, pero como no era así, su forma de agradecer se limitaba a cumplir los deseos ajenos, y si Valeri quería charlar, pues lo haría con gusto. – Pues, podría decirse. Desde pequeños goblins hasta banshees. – su rostro dibujó una expresión de asco con la sola mención de las últimas, como si hubiese comido algo muy agrio. Esa había sido una terrible experiencia. – No fueron trabajos muy agradables que digamos, pero al menos salí completo- o casi. – rió, sus carcajadas resonaron en la catedral. Si no hubiese sido por su trabajo, tendría sus dos ojos.
Sabía que el contrario era una persona bastante… espiritual. No lo conocía a fondo, pero el poco tiempo que llevaban trabajando juntos le hizo ver que era una buena persona. Demasiado buena, en realidad. Sabía que esto se debía quizá a errores del pasado, pero no iba a preguntarle nada sobre eso. No era nadie para hacerlo.
Y a pesar de que tenía en cuenta la bondad ajena, no pudo evitar sorprenderse un poquito cuando lo escuchó decir aquello.
– ¿Agradecerme? ¿A mi? – cuestionó, confundido. – ¿Por qué? – no tenía nada que agradecerle; de hecho, él tendría que agradecerle al contrario.
– … ¿Disculpa? – no iba a negar que el repentino hostigamiento ajeno lo había tomado por sorpresa y que lo dejó relativamente nervioso. Mencionar ese tipo de cosas… en especial relacionadas con ese sentimiento, hacían que el nerviosismo que se esmeraba tanto en ocultar saliera a la luz. Nerviosismo el cual disipó con una pequeña risita burlona, tratando de seguirle el juego al contrario. – Eso quisieras, Padre; pero para ganarte mi amor debes hacer méritos, ¿sabes? Digo… si es que eso es lo que quieres. – dos podían jugar aquel juego.
Sin decir una sola palabra, escuchó el motivo de la visita ajena con atención al mismo tiempo que su mente relacionaba los peculiares e inexplicables - para los escepticos, hechos que ocurrían dentro de la iglesia con la versión que su visitante relataba. Mas tuvo que disimular el escalofrío que recorrió su espalda en cuanto volvió a pensar en la verdadera razón de todo lo que ocurría allí, y es que era como si aquello que intentó tanto dejar en el pasado ahora volviese con el simple objetivo de atormentarle una vez más, obligándole a pagar por pecados que ya había dejado atrás hace mucho.
— Bueno… Es algo vergonzoso que esas cosas pasen en un lugar como este. Digo, se supone es la casa de Dios, ¿No? — En una sonrisa algo tímida, apoyó su espalda nuevamente contra el respaldo de la butaca, suspirando mientras trataba de sacarse de la mente el hecho de que ese turbio mundo que dejó atrás ahora le recordaba que seguía allí.
— Me llamo Valeri. Que mi apariencia no te engañe, soy el Padre encargado de esta iglesia
— En un tono más informal, respondió a la presentación contraria, algo más confiado luego de que el pelinegro le dedicase aquella suerte de sonrisa —. Es un gusto tenerte aquí, Bruno. ¿Te quedarás mucho tiempo? No habrá problema en apartarte una habitación para descansar si te es necesario.
¿Vergonzoso? Aél le parecía todo lo contrario; normalmente este tipo de cosas paranormales y/o sin explicación alguna solían suceder en lugares con energías como lo era aquella catedral, así que no logró entender el por qué de las palabras ajenas, pero no diría nada sobre esto, simplemente se limitó a escucharlo hasta que se presentó.
– Ah… Así que padre Valeri, ¿eh? Pues de cierta forma te queda el nombre. – no iba a mentirle, su nombre le gustaba y le quedaba como anillo al dedo. Según él, cuando le gustaba el nombre de alguien significaba que aquel o aquella sería un importante aliado, y no lo iría a perder. – Supongo que sí, debo erradicar esto o si no, no tendré dinero, y si no tengo dinero pues… ya sabes, hambre y muerte y esas cosas. – se encogió de hombros al pronunciar aquello, a veces odiaba que su vida pendiera de un hilo por culpa de su trabajo, pero tampoco se iba a quejar, podía utilizar métodos poco ortodoxos que en cualquier otro trabajo serían motivo de despido inmediato. – Es una buena idea, padre, me vendría bien una habitación para descansar… pero en estos momentos no tengo como pagarle, ¿está bien así? – esperaba que dijera que sí, porque rogar no era algo que se le diera muy bien que digamos.
Conocía aquel tono de voz escéptico, lo había oído ya salir de varias bocas. Mas ya se había resignado a que Bruno peleaba sus batallas a su manera, mientras que Valeri prefería depositar sus esperanzas en Aquel que sostenía su fe. Cada uno tenía sus convicciones, pero de todos modos confiaba en que alguna vez lograría abrirse paso en esa alma tan misteriosa que dio a parar a su parroquia.
— Solo digamos que en su momento fui un autodidacta que se dedicó a investigar el tema. Pero es cosa del pasado — Pasado que había dejado atrás luego de dedicar su vida entera a aquello que, según él, le había rescatado de la oscuridad. Obviamente no traería del todo a colación algo que consideraba era parte de un yo que se había perdido hace mucho —. En fin, si vamos a jugar al interrogatorio, creo es mi turno de preguntar. ¿Por qué llegaste aquí exáctamente?
– Ya veo. – al parecer, haber juzgado al hombre de fe frente a él había sido algo apresurado de su parte, de haber sabido que también se trataba de un autodidacta en este tipo de asuntos, quizá incluso le hubiese caído mejor al momento de conocerlo. Pero bueno, la admiración reemplazó esos malos sentimientos hacia el contrario. Un poco. Claro. – Bueno, es lo justo después de que te pregunté algo, ¿no? Pues, para responderte, podría decirte que llegué aquí por encargo de alguien, ya que descubrieron que en este lugar suelen pasar cosas… ya sabes, extrañas. Que involucran estas criaturas que tanto buscas erradicar también. – no era del todo mentira, pero sabía que no debía divulgar muchas cosas sobre su trabajo. Después de todo, estaba hablando con un desconocido todavía, no iba a ser que se tratase de alguien que estuviese en su contra o algo así. – Mi nombre es Bruno. A secas. Mi apellido nunca fue un orgullo para mi. – suspiró ligeramente para luego dibujar una sonrisa ladina en su rostro. – ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
— Bueno, a diferencia tuya hay muchos que no podemos pelear contra ellos de forma directa. Por eso prefiero que sea alguien más poderoso quien lidie con ellos. Tengo fe en que será algo sencillo para Él.
– Entieeendo… – en realidad, no. Si Él era tan poderoso como el contrario decía, entonces no tendrían por qué estar viviendo en el mismo infierno en este instante. Su vida ya era lo suficientemente difícil como para optar por tener algo de fe. – Bueno, es hora de que, si me lo permitieses, sacíe mi curiosidad… ¿Qué más sabes de demonios, eh? ¿Dónde aprendiste tanto? Creí que para ustedes era un tabú hablar de ellos.
– ¿Qué es lo interesante de rezar? No es como si pudieses deshacerte de demonios simplemente hablando, ¿o sí? ¿O tu intención es hablarles hasta que la muerte?