El calor que ahora ambos compartían frente a la fogata hacía que el cansancio del diario vivir cayera sobre sus hombros; sentía que en cualquier momento caería dormido al hallarse tan cómodo junto al dracónido. Mas eran sus propios latidos y esa cosquilleante sensación en su pecho ante las palabras ajenas lo que lograban mantenerle despierto y, además, arrancarle una suave y peculiar sonrisa; nunca había imaginado en su vida que oír algo tan meloso le hiciera sentir tan feliz. Y, ahora que por fin aprendía a ser honesto con sus propias emociones, no le molestaba admitir que aquello le sentaba de maravilla.
Feril no era del todo bueno con las palabras, siempre esperó a que fuesen sus propios actos los que hablasen por él. Y por lo mismo, sin decir una sola palabra, su diestra buscó la mejilla impropia justo antes que sus rostros volvieran a acortar esa breve distancia que les separaba y sus labios se encontraran una vez más en un beso más pausado y cariñoso, más duradero que el anterior. Incluso cuando la fogata frente a ambos lentamente perdía temperatura después de consumir las brasas que le mantenían con vida, sentía que el calorcillo que ahora los dos compartían no se comparaba a nada que hubiese vivido hasta ahora.
Ainmire jadeó, anticipando el gesto contrario en cuanto sintió la mano de Feril en una de sus mejillas. Cerrando los ojos con suavidad, permitió que los labios ajenos se fundieran con los suyos en un cálido beso, siguiendo aquel gesto con delicadeza y suavidad, ya que temía que de casualidad sus colmillos se llegaran a colar y hacer que el contrario retrocediera. No quería separarse de él, al menos no por ahora.
Sin embargo, la necesidad de estar cada vez más cerca de Feril se fue haciendo cada vez más grande, por lo que con un rápido pero al mismo tiempo elegante y delicado movimiento de sus manos, hizo que estas subieran hacia el cabello ajeno, acariciándolo mientras su cuerpo se pegaba más al contrario. El beso, que al principio había iniciado suave y delicado, ahora tenía las intenciones de irse profundizando cuando, aprovechando una apertura de los labios contrarios, la lengua del dracónido intentó buscar la contraria, atrapando ahora la boca ajena en un hambriento beso, liberando así todo lo que había contenido durante mucho tiempo.
— ¿Mascota? — Ahora que caía en cuenta no parecía alguien normal, por lo visto se estaba involucrando con alguien similar a Ryobe? — ¿Eres acaso…algún conocido de Ryobe? no por eso te refieres a él como “su” y no, no soy su mascota.
– Oh no, conocido no… Más bien, una invasora en su territorio que está de paso por aquí. – omitiría el hecho de que buscaba nuevas presas para satisfacer su hambre. Literalmente hablando. – ¿Estás seguro que no eres su mascota? Entonces, ¿por qué siempre te está guardando para sí mismo, corderito? – podía notar que por las palabras ajenas y también su semblante, no sería difícil de debiltar. Después de todo, amaba con todo su ser alimentarse de la desesperación de otros.
El sentir una presencia parecida a la suya no pudo evitar tensarse. Sí, era una deidad y todo eso, pero estaba tan alejado del mundo y los nuevos tiempos que no sabía si encontrarse con un igual terminaría bien.
Agradable fue la sorpresa cuando supo de quién se trataba, no lo conocía, pero era bueno saber que no iban a retarlo si estaba invadiendo un lugar ocupado.
— Por un momento me preocupé, haha… — Rió con alivio. — Soy Abzu, ¿y tú?
… Vaya, si que era un tipo curioso aquel. Parecía alguien de su especie, pero de alguna forma sentía que era alguien superior. Debía tener cuidado y escoger bien sus palabras, ¿quién sabe si al final resultaba ser peligroso? Además, Ainmire no tenía la mejor de las suertes ni mucho menos la stamina como para pelear. Era un dracónido, sí, pero al mismo tiempo era un debilucho que no sabía hacer nada sin su magia.
– No tienes de qué preocuparte. – dijo, siseando nuevamente. – Un gusto, Abzu, soy Ainmire Nyarrhicnid.
Conocía aquel tono de voz escéptico, lo había oído ya salir de varias bocas. Mas ya se había resignado a que Bruno peleaba sus batallas a su manera, mientras que Valeri prefería depositar sus esperanzas en Aquel que sostenía su fe. Cada uno tenía sus convicciones, pero de todos modos confiaba en que alguna vez lograría abrirse paso en esa alma tan misteriosa que dio a parar a su parroquia.
— Solo digamos que en su momento fui un autodidacta que se dedicó a investigar el tema. Pero es cosa del pasado — Pasado que había dejado atrás luego de dedicar su vida entera a aquello que, según él, le había rescatado de la oscuridad. Obviamente no traería del todo a colación algo que consideraba era parte de un yo que se había perdido hace mucho —. En fin, si vamos a jugar al interrogatorio, creo es mi turno de preguntar. ¿Por qué llegaste aquí exáctamente?
– Ya veo. – al parecer, haber juzgado al hombre de fe frente a él había sido algo apresurado de su parte, de haber sabido que también se trataba de un autodidacta en este tipo de asuntos, quizá incluso le hubiese caído mejor al momento de conocerlo. Pero bueno, la admiración reemplazó esos malos sentimientos hacia el contrario. Un poco. Claro. – Bueno, es lo justo después de que te pregunté algo, ¿no? Pues, para responderte, podría decirte que llegué aquí por encargo de alguien, ya que descubrieron que en este lugar suelen pasar cosas… ya sabes, extrañas. Que involucran estas criaturas que tanto buscas erradicar también. – no era del todo mentira, pero sabía que no debía divulgar muchas cosas sobre su trabajo. Después de todo, estaba hablando con un desconocido todavía, no iba a ser que se tratase de alguien que estuviese en su contra o algo así. – Mi nombre es Bruno. A secas. Mi apellido nunca fue un orgullo para mi. – suspiró ligeramente para luego dibujar una sonrisa ladina en su rostro. – ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?