– Disculpe señorita, ¿Está perdida? – no pudo evitar acercarse a la muchacha al ver que claramente necesitaba ayuda, pese a lo peligroso que era confiar en desconocidos tomando en cuenta su situación.
– ¡A-Ah! – se sobresaltó en cuanto escuchó a alguien dirigiéndole la palabra, para después reforzar el agarre de su naginata en caso de que fuese un enemigo. Mas este agarre se suavizó en cuanto vio de quien se trataba: una chica con ropajes parecidos a los que vestían en su tierra; quizás ella sabía algo.
– Oh, pues… Sí, podría decirse. – suspiró. – Creo que me alejé la caravana del príncipe Takumi, mi Señor. Trabajo como su paje y protectora, mi nombre es Oboro. – se presentó, dándole una cordial sonrisa a la muchacha. – ¿Cómo te llamas?