Quizá había sido la reacción ajena, quizá debió ser el rubor que por un segundo pareció poder observar en el rostro de Ainmire; y es que de un momento a otro la mente del bárbaro - que hace apenas unos instantes se hallaba ajetreada pensando en qué decir y qué hacer para no arruinar el momento, quedó completamente en blanco. Y, apartando la mirada hacia algunas de las luces que brillaban en el agua, trató de que la misma penumbra de la noche recién asomándose ocultara el repentino color brillando ahora en sus mejillas.
Después de años de actuar como un bruto y pasar sus días en soledad, era difícil adecuarse a aquellas emociones que inundaban su pecho y le hacían pensar de más en esos detalles que ya no podía pasar por alto; en esas conversaciones ocasionales junto al fuego, en la alegría que irradiaba el contrario cada vez que hablaba de las cálidas memorias con su familia, en lo adorable que lucía al dormir bajo el sol o cuando sin querer dejaba ver la puntita de su lengua…
Y, si era sincero consigo mismo, muy en el fondo se preguntaba si Ainmire sentía lo mismo.
— … Si — Murmuró como respuesta, siguiendo los pasos ajenos y estrechando la mano impropia con la suya, sin atreverse todavía a observarle sino más bien desviando la mirada hacia el horizonte como si intentase adivinar hasta dónde llegaban aquellas luces que adornaban el balneario a su alrededor —. Podríamos pasar la noche aquí, si quieres. La playa no parece estar habitada, y en la mañana podríamos pescar y conseguir algo de comer.
De algo estaba seguro. Si quería decirle lo que sentía, aquella era la ocasión.
Sentir que la mano ajena se aferraba suavemente a la suya mientras caminaba con él no hizo más que acelerar los latidos de su corazón, y esperaba que estos mismos no fuesen audibles para el contrario; pero al mismo tiempo, quería hacerle saber qué le hacía sentir cada acción y detalle que el otro le brindaba. Al menos si escuchaba su corazón latir no necesitaría encontrar palabras para decirle lo que sentía. Pero no podía valerse de supuestos, tenía que ser más directo, pero sin llegar a incomodarlo si el caso fuese un rechazo a sus sentimientos.
De cualquier forma, ya encontraría el momento correcto para poder decirle aunque sea algo. Lo único que le preocupaba era la respuesta ajena, y como era alguien difícil de leer, tampoco sabía lo que sentía.
– Me parece una buena idea, Feril. – dijo al fin, luego de un largo momento de silencio y deteniéndose no muy lejos de la orilla. Esta vez, sus ojos de reptil encontraron los del bárbaro casi por inercia, sus labios surcando una suave sonrisa. – ¿Sabess? Nunca había esstado tan cerca de la cossta… Quiero decir, provengo de un dessierto, no es muy común tener balnearios cerca. – comentó, risueño, su lengua bífida dejándose ver con cada palabra que pronunciaba en un suave siseo; la mano que sostenía la de Feril entrelazó ligeramente sus dedos con los ajenos. – Ess una hermosa vissta. – aunque no sabía exactamente qué vista era más linda: las pequeñas luces que danzaban sobre la marea o la imagen del bárbaro junto a él, su rostro iluminado sólo por la luz de la luna que presenciaba desde arriba su recién adquirida cercanía.