Kirot era un ser complicado; no sabía exactamente como expresar sus sentimientos a través de palabras, por lo que sus acciones respondían por él en la mayoría de las situaciones, y esta no era la excepción.

Suspirando profundamente y sin dejar de observar al hechicero frente a él, tomó una de sus manos en la suya y acarició delicadamente sus nudillos cual tesoro valioso, y con la misma delicadeza de sus caricias, puso un anillo en uno de los dedos ajenos; era de oro blanco y poseía pequeñas piedrecillas que resplandecían con la luz incrustadas en la parte superior de este. Una joya casi tan hermosa como Iosif, pero en su opinión, ninguna de todas las joyas que poseía se comparaba a él.