Sin importar el trabajo o las obligaciones, tiempo siempre tendría para ella. Con total despreocupación, Constantine dejó los papeles a un lado para invitar a la muchacha a que se aventurara en la habitación.
Melanie le esbozó una sonrisa tímida antes de caminar, descalza como estaba siempre, hacia un lado de su protector. Era extraño, ya que poco conocía de él pero aún así no podía evitar sentirse segura a su lado, y era un sentimiento que la había acompañado toda su vida.
– No, al final no lo estaré… Quizá podamos pasar la tarde juntos.