– ¡No se alarme, no le haré daño! – al acercarse, comprobó que el arma que la muchacha sostenía era una naginata como la suya, lo que la alertó: hasta donde ella sabía, no existían armas como esas en el Universo de los Cuatro Dioses, ¿Será que acaso esta joven la había visto en alguna ocasión y decidió copiarla? Imposible, la gente solía rechazarla salvo ciertas excepciones, y a esta chica jamás la había visto antes.
– ¿Oboro? ¿Príncipe Takumi? – no pudo si quiera parpadear de la sorpresa al escuchar esos nombres tan japoneses, ¿Podría ser que esta chica también proviniese de su propio mundo? – ¿Eres de Japón, no es así?
Oboro arqueó una ceja ante las interrogantes ajenas. – Sí, soy Oboro, y el Príncipe Takumi es mi Señor. Como he dicho, le protejo y sirvo. – repitió con tranquilidad, tenía paciencia para estas cosas. Además, la chica lucía inofensiva y las ropas que usaba eran parecidas a las que se usaban en Hoshido, por lo que no tenía que preocuparse mucho.
Pero, la última pregunta la descolocó un poco ¿Japón?
– No, soy de Hoshido, un poblado donde el sol abunda y la vida prospera. – se explicó, manteniendo su semblante sereno. – No conozco ese Japón del que hablas, pero debe tener similitudes con Hoshido… ¿cierto?