El calor que ahora ambos compartían frente a la fogata hacía que el cansancio del diario vivir cayera sobre sus hombros; sentía que en cualquier momento caería dormido al hallarse tan cómodo junto al dracónido. Mas eran sus propios latidos y esa cosquilleante sensación en su pecho ante las palabras ajenas lo que lograban mantenerle despierto y, además, arrancarle una suave y peculiar sonrisa; nunca había imaginado en su vida que oír algo tan meloso le hiciera sentir tan feliz. Y, ahora que por fin aprendía a ser honesto con sus propias emociones, no le molestaba admitir que aquello le sentaba de maravilla.
Feril no era del todo bueno con las palabras, siempre esperó a que fuesen sus propios actos los que hablasen por él. Y por lo mismo, sin decir una sola palabra, su diestra buscó la mejilla impropia justo antes que sus rostros volvieran a acortar esa breve distancia que les separaba y sus labios se encontraran una vez más en un beso más pausado y cariñoso, más duradero que el anterior. Incluso cuando la fogata frente a ambos lentamente perdía temperatura después de consumir las brasas que le mantenían con vida, sentía que el calorcillo que ahora los dos compartían no se comparaba a nada que hubiese vivido hasta ahora.
Ainmire jadeó, anticipando el gesto contrario en cuanto sintió la mano de Feril en una de sus mejillas. Cerrando los ojos con suavidad, permitió que los labios ajenos se fundieran con los suyos en un cálido beso, siguiendo aquel gesto con delicadeza y suavidad, ya que temía que de casualidad sus colmillos se llegaran a colar y hacer que el contrario retrocediera. No quería separarse de él, al menos no por ahora.
Sin embargo, la necesidad de estar cada vez más cerca de Feril se fue haciendo cada vez más grande, por lo que con un rápido pero al mismo tiempo elegante y delicado movimiento de sus manos, hizo que estas subieran hacia el cabello ajeno, acariciándolo mientras su cuerpo se pegaba más al contrario. El beso, que al principio había iniciado suave y delicado, ahora tenía las intenciones de irse profundizando cuando, aprovechando una apertura de los labios contrarios, la lengua del dracónido intentó buscar la contraria, atrapando ahora la boca ajena en un hambriento beso, liberando así todo lo que había contenido durante mucho tiempo.
Quizá el semblante del bárbaro no lo demostraba, pero en el fondo se hallaba confundido. Y es que no lograba comprender cómo era posible sentir esa misma paz que le recordaba a su hogar allí lejos a las entradas del bosque y, al mismo tiempo, que su corazón se agitara tanto ante un gesto tan pequeño como lo eran los dígitos ajenos entrelazándose con los suyos. No lo entendía, mas no era su prioridad comprenderlo. Lo único que ahora le importaba era vivir el momento, disfrutar de aquella calma que añoraba desde hace tanto pero, esta vez, junto a su peculiar compañero de viajes que había logrado ganarse su cariño.
Su mirada y la de Ainmire se encontraron de pronto, Feril esperaba que el rubor de sus mejillas no fuese demasiado notorio para la aguda visión del dracónido. Y es que su sonrisa, la forma en que dejaba ver su lengua cada vez que siseaba… El punto débil del bárbaro eran esos pequeños detalles que hacían latir su corazón todavía más fuerte y que, en un mero acto reflejo, hicieron que su mano libre se alzara hacia el rostro ajeno. Con su dedo índice y pulgar, dio un pequeño apretón en la nariz ajena antes de apartar su mano y desviar la mirada hacia la marea una vez más; difícil era no dejarse llevar por las ganas de acariciar su mejilla y robarle un beso, no quería lucir tan obvio y apresurado, y tampoco quería arruinar el momento. ¿Por qué todo era tan difícil?
— No todos los balnearios son iguales. Hay muchos en los que han construido puertos a los cuales llegan viajeros y mercaderes de todas partes del mundo — Relataba mientras se quitaba el calzado, sintiendo la arena aún algo húmeda bajo sus pies —. Hay otros donde el agua es casi transparente y puedes notar a los peces nadar, e incluso hay lugares donde el mar choca directo con las rocas que algunos animales usan para descansar.
— Tal vez algún día podremos visitar todas esas costas… Juntos. — Y, mientras sonreía, estrechaba más la mano ajena con la suya.
Dio un pequeño respingo en cuanto sintió los dedos ajenos darle un suave apretón en su nariz, su próxima reacción fue una risita traviesa que se camufló con el sonido de las olas reventando en la orilla del balneario frente a ellos. El agarre de su mano con la contraria simplemente se hizo más fuerte, pero no tanto como para hacerle daño. Aquellos gestitos del bárbaro lo enternecían de sobremanera, y también llegaban a conmover su ya agitado corazón. No sabía si podría seguir conteniéndose como lo estaba haciendo hasta ahora, así que decidió escuchar con atención lo que su compañero tenía que decir.
– ¿Ah sí? – la curiosidad se vio reflejada en sus ojos en cuanto escuchó toda esa información. Sonaba fascinante, le gustaría llegar a conocer lugares como esos. – Suena como algo… hermoso. – sus ojos no dejaron de posarse sobre el rostro ajeno cuando pronunció aquellas palabras mientras que, con cuidado, se quitaba el turbante que llevaba siempre sobre su cabeza para cubrir un par de cuernos negros que brillaban como lo hacía el mineral de ónix, color que combinaba también con su cabello azabache. Esperaba que el otro entendiese su indirecta, mas al escuchar lo último que salió de la boca del bárbaro, su corazón dio un vuelco de emoción, ¿acaso lo estaba invitando a viajar con él, incluso sin obtener algo para su beneficio? De todas las cosas que había hecho o dicho hasta ahora Feril, eso era lo que más le había conmovido.
– Feril… yo… – tragó saliva con dificultad, sabía que si decía un poco más sus ojos iban a dejar salir el llanto que estaban reteniendo en estos momentos. – Yo iría contigo a donde quiera que vayas… – diciendo aquello, se inclinó un poco y chocó con suavidad su frente con la ajena para luego frotarlas con cariño.
La mano del caballero apartó, sin titubeos, las telas que cubrían el lugar donde antes se hallaba su brazo; observando las pequeñas partículas oscuras que aún flotaban sobre la zona, mas desviando la atención a los gestos de su familiar antes que los recuerdos de aquello que fue desmoronándole en cuerpo y mente le abrumasen de más. La idea de reemplazar aquella parte de su cuerpo ya perdida con una pieza semejante en forma sonaba curiosa y prometedora, pero… ¿Funcionaría?
– Conserva la calma y quietud… – dijo en un tono demandante pero que al mismo tiempo sonaba suave y, de cierta forma, tranquilizador. Sus pálidas manos se posaron delicadamente sobre los hombros ajenos, para así traerle algo de seguridad. No sabía con exactitud si su experimento funcionaría, pero no había nada de malo en intentarlo, ¿cierto?
Con aguja e hilo en sus manos, Hornet empezó a tejer algo con la forma del brazo ajeno que aún permanecía para así hacer un molde para el que faltaba. No era algo difícil de hacer, pero lo difícil sería unir las partículas de vacío junto con la pálida tela que iba tomando forma.
Una vez hubo terminado el molde, la pequeña araña intentó coserlo en el lugar donde había sido amputado el brazo de su familiar, pero a su sorpresa, las mismas partículas oscuras que ahí ondeaban encontraron la manera de unirse a la tela que ella había creado, por lo que lo único que quedaba por comprobar era si el Receptáculo podía mover libremente aquella extremidad.
No tardó un solo instante en revisar sus pertenencias buscando cuál sería el mejor detalle para comenzar. Mas al encontrarse con sus amuletos, pensó que algunos podrían resultarle realmente útiles a Hornet, ¿Por qué no empezar por ahí?
El primero fue un amuleto brillante y algo pegajoso, el cual emanaba un fuerte olor a miel. Era uno de sus favoritos, puesto que gracias a él sus viajes a la colmena eran mucho más pacíficos.
Verle hurgar entre sus cosas tan rápidamente la hacía sentir algo especial; ¿y como no sentirse así cuando, aún conociendo la naturaleza de su familiar, este sentía que ella era lo suficientemente importante como para mostrarle cualquier cosa, por más vanal que esta fuese?
Era un sentimiento que le gustaría atesorar por mucho tiempo.
– ¿Oh? – exclamó, curiosa. El amuleto que aquel fantasmita le mostraba era precioso, y además, tenía esa dulce esencia que tanto caracterizaba a la miel. – ¿Es para mí…? – se atrevió a preguntar, aunque bien sabía la respuesta.
— Ya veo. Habrá que buscar un lugar donde puedas descansar hasta que te sientas mejor. — En efecto, pudo sentir esa falta de calor apenas cubrió las manos impropias con las suyas; esperaba que aquel abrazo sirviera de algo. Curioso era que alguien acostumbrado a velar por su propio bienestar luciera tan preocupado e hiciera tanto por alguien más, pero no era como si a Feril le molestara aquella nueva costumbre. De hecho, le hacía feliz. Sobre todo cuando le veía ya más cómodo entre sus brazos. Y, dejándose llevar por ese tierno gesto ajeno, se inclinó un poco más hasta alcanzar los labios impropios en un breve y suave beso, preguntándose si aquello serviría también para que Ainmire recuperase algo de calor.
– Supongo que tienes razón, aunque contigo a mi lado puedo soportar mejor el frío. – seguramente si una versión pasada de él lo escuchase decir tales cosas libremente, se moriría de la vergüenza. Pero su presente ya no era su soledad, era la compañía ajena. Compañía que, de a poco, le había enseñado a ser más abierto con sus emociones, y es por esto que sus gestos y palabras más empalagosas iban dedicados a él y sólo a él.
Al ver como el rostro del contrario se acercaba al suyo, cerró sus párpados suavemente como si fuese por inercia antes de recibir los labios ajenos sobre los suyos, pudiendo sentir como el calor empezaba a impregnarse y a esparcirse más y más en su cuerpo a pesar de que el contacto había sido sólo de unos segundos. – ¿Puedess… volver a hacer eso?
Con una pequeña bolsita en sus manos, hizo un gesto a su familiar para que tomase asiento a su lado. La razón era simple, quería compartir algunas baratijas encontradas a lo largo de su travesía con ella.
– Está bien, está bien. – entendiendo su petición, se acomodó a su lado y esperó la siguiente acción contraria. Difícil era resistirse a seguirle la corriente a su pequeño familiar. – ¿Qué es lo que traes para mostrarme esta vez?
— ¿Seguro que solo es “algo”? Luces un poco pálido. — No sabía cuánto frío exactamente Ainmire era capaz de soportar, y por lo mismo prefirió abrazarle por la espalda y acercarse un poco más a la fogata, esperando así darle algo de calor.
– … – suspiró pesado al escuchar aquella pregunta, mas un pequeño sonidito escapó de su garganta en cuanto sintió las manos del bárbaro rodear su cuerpo; el calor ajeno inmediatamente impregnándose en él. – No estoy seguro… debe ser porque no han habido días muy soleados últimamente que digamos… no he podido recargarme bien. – era normal para seres de sangre más fría que las de los humanos, después de todo, era parte reptil. – … Gracias, Feril. – girándose un poquito para encontrar el rostro ajeno, Ainmire dejó salir su pequeña lengua bífida para así darle una pequeña caricia con esta misma en la mejilla contraria.
Quizá había sido la reacción ajena, quizá debió ser el rubor que por un segundo pareció poder observar en el rostro de Ainmire; y es que de un momento a otro la mente del bárbaro - que hace apenas unos instantes se hallaba ajetreada pensando en qué decir y qué hacer para no arruinar el momento, quedó completamente en blanco. Y, apartando la mirada hacia algunas de las luces que brillaban en el agua, trató de que la misma penumbra de la noche recién asomándose ocultara el repentino color brillando ahora en sus mejillas.
Después de años de actuar como un bruto y pasar sus días en soledad, era difícil adecuarse a aquellas emociones que inundaban su pecho y le hacían pensar de más en esos detalles que ya no podía pasar por alto; en esas conversaciones ocasionales junto al fuego, en la alegría que irradiaba el contrario cada vez que hablaba de las cálidas memorias con su familia, en lo adorable que lucía al dormir bajo el sol o cuando sin querer dejaba ver la puntita de su lengua…
Y, si era sincero consigo mismo, muy en el fondo se preguntaba si Ainmire sentía lo mismo.
— … Si — Murmuró como respuesta, siguiendo los pasos ajenos y estrechando la mano impropia con la suya, sin atreverse todavía a observarle sino más bien desviando la mirada hacia el horizonte como si intentase adivinar hasta dónde llegaban aquellas luces que adornaban el balneario a su alrededor —. Podríamos pasar la noche aquí, si quieres. La playa no parece estar habitada, y en la mañana podríamos pescar y conseguir algo de comer.
De algo estaba seguro. Si quería decirle lo que sentía, aquella era la ocasión.
Sentir que la mano ajena se aferraba suavemente a la suya mientras caminaba con él no hizo más que acelerar los latidos de su corazón, y esperaba que estos mismos no fuesen audibles para el contrario; pero al mismo tiempo, quería hacerle saber qué le hacía sentir cada acción y detalle que el otro le brindaba. Al menos si escuchaba su corazón latir no necesitaría encontrar palabras para decirle lo que sentía. Pero no podía valerse de supuestos, tenía que ser más directo, pero sin llegar a incomodarlo si el caso fuese un rechazo a sus sentimientos.
De cualquier forma, ya encontraría el momento correcto para poder decirle aunque sea algo. Lo único que le preocupaba era la respuesta ajena, y como era alguien difícil de leer, tampoco sabía lo que sentía.
– Me parece una buena idea, Feril. – dijo al fin, luego de un largo momento de silencio y deteniéndose no muy lejos de la orilla. Esta vez, sus ojos de reptil encontraron los del bárbaro casi por inercia, sus labios surcando una suave sonrisa. – ¿Sabess? Nunca había esstado tan cerca de la cossta… Quiero decir, provengo de un dessierto, no es muy común tener balnearios cerca. – comentó, risueño, su lengua bífida dejándose ver con cada palabra que pronunciaba en un suave siseo; la mano que sostenía la de Feril entrelazó ligeramente sus dedos con los ajenos. – Ess una hermosa vissta. – aunque no sabía exactamente qué vista era más linda: las pequeñas luces que danzaban sobre la marea o la imagen del bárbaro junto a él, su rostro iluminado sólo por la luz de la luna que presenciaba desde arriba su recién adquirida cercanía.