Tener estos días de tranquilidad era algo más que arraigado, disfrutaba tanto del silencio y de acciones que demostraban más que palabras. A gusto, Iosif se encontraba junto a Kirot y el hechicero sabía que su dragonico compañero no acostumbraba en expresarse en palabras; le gustaba que fuese tímido.
No expresó sorpresa en cuanto sus dedos se entrelazaron con los dígitos contrarios, se sentían cálidos y suaves; estaba demás admitir que sus mejillas se tiñeron de un suave rosado. No tuvo tiempo de hacer lo mismo que Kirot, pero no esperó que uno de sus dedos fuese decorado con un anillo bastante peculiar, algo normal en los dragones de intentar compartir sus tesoros; sí, sentía honrado y un poquito avergonzado. Solo una suave risa se escuchó y en cuanto las acciones contrarias se dieron por finalizado.
— ¿Sucede algo? No siempre haces este tipo de cosa. — Y mientras hablaba, acercó más su cuerpo pero manteniendo un espacio prudente, tanto que no dudó en besar su mejilla y solo para agradecer su peculiar obsequio.
Él no era un ignorante de las emociones, de hecho, admiraba mucho a aquellos que podían demostrarlas sin miedo y sin impedimento alguno, pero Kirot no era como aquellos, no era humano, y a pesar de su edad sabía que tenía que aprender a canalizar bien todo lo que sentía si quería permanecer y convivir en paz con la sociedad. Pero la sociedad no era lo que le importaba en este momento; lo que le importaba era mantener a dos personitas especiales para él a salvo, una de ellas frente a él ahora mismo haciendo gestos que hacían que su corazón se derritiese.
– No, en absoluto, es solo que… – trató de explicarse y/o justificarse, pero encontrar las palabras correctas para hacerlo era difícil, y más difícil fue cuando sintió la cercanía contraria y los suaves labios que rozaron delicadamente una de sus mejillas, provocando que su sangre subiese hacia su rostro casi de inmediato, mimetizándose con el color rosa de las mejillas ajenas. – Quiero que sepas que eres más que un tesoro para mí. – confesó. La vergüenza lo invadía, si, pero se disolvió casi como los copos de nieve al llegar la primavera cuando casi por inercia sus labios encontraron los ajenos, depositando sobre estos un pequeño beso que reafirmaba sus dichos.