Su rostro ardía cual brasa flameante, su pecho agitado subía y bajaba sin ápice alguno de aminorar aquel ritmo, y si prestaba atención podía jurar que los latidos de su corazón eran completamente audibles para el dragón. ¿Cómo iba a ocultar todas esas emociones que estallaron en cosa de segundos gracias a aquel beso? Simplemente no podía. Al igual que tampoco podía seguir escondiéndose en ese pequeño refugio improvisado entre sus brazos, del cual se vio expuesto en cosa de segundos - algo en contra de su voluntad, justo antes de encontrarse con la mirada contraria y esos ojos en los que ahora veía brillar una chispa que quizá antes observó vagamente en los mismos, pero que ahora podía notarse con claridad lo que aquel brillo daba a entender.
Symond seguía nervioso, si, y la vergüenza que le invadía hacía que su rostro siguiera igual de encendido. ¿Mas por qué aquel tierno roce en su mentón le traía tanta calma? ¿Por qué ahora no podía apartar los ojos de su mirada siendo que un principio apenas se atrevía a verlo a la cara? ¿Por qué, a pesar de que sus dedos se aferraban con timidez a las ropas ajenas, no tenía intención alguna de apartarse de él?
Tenía tantas preguntas. Pero algo le decía que contaba con todo el tiempo del mundo para resolverlas.
Un suave quejidito se escapó de su garganta apenas aquel calorcillo agradable volvió a sus labios, mas sus manos no evitaron crisparse con cierto nerviosismo y volver a rodear el cuello ajeno en cuanto sintió esa lengua contra su boca; jamás había besado a alguien de esa manera, y no tenía la menor idea de qué hacer o cómo seguir, tampoco si aquello sería del gusto ajeno. No había demasiado espacio para pensar, sin embargo, y por ello prefirió confiar en el dragón y dejarse llevar, suspirando antes de entreabrir sus labios con parsimonia, como si de esa forma estuviera dándole el pase a que no se detuviera, que siguiera el mismo impulso que nacía en el pecho del caballero y le guiaba a abrazarle y a atraerle más a si mismo. Pese a los nervios, confiaba en él, y sabía que no había nada que temer ya.
Sentir que las manos ajenas rodeaban su cuello como reacción hacia su gesto hizo que un pequeño y agradable escalosfrío recorriese su espalda, así, sabía que el joven caballero quería esto tanto como él, por lo que, en cuanto los labios ajenos le dieron permiso para explorarlos más a fondo, su lengua delicadamente buscó la ajena mientras sus manos se aferraban más y más a la cintura del menor, haciendo que estas mismas subiesen por su espalda, masajeando esta misma con pequeños movimientos circulares.
A medida que exploraba su dulce boca y besaba sus suaves labios con delicadeza, Kirot se preguntaba por qué al principio había juzgado mal al caballero, siendo que terminó siendo alguien tan importante para él ahora. Se arrepentía no una, sino que mil veces por sus acciones pasadas, pero sabía que la mejor forma de remediar todo era llenando a Symond del amor y cariño que tenía para darle y que, de cierta forma, le debía.
Todo esto lo hacía sentirse en un trance del que no quería salir, el cúmulo de sentimientos que florecía en su pecho simplemente se hizo más grande a medida que su lengua bailaba lentamente con la ajena, guiándola con gentileza en aquel contacto que hacía que sus pulmones le reclamaran por aire y que su corazón estuviese a punto de estallar. No quería dejar de besar esos labios, de darle caricias a su piel, de darle cariño; no quería que nada de eso se detuviese, por nada del mundo. Es por esto que, mientras seguía besándolo profundamente, juró en su mente protegerlo de todo mal.